Si el silencio matara mi cuerpo estaría habitado por gusanos, si la satisfacción se encontrase en el arte mi orgullo sería intolerable a cualquier persona, si me permitiera sentir pasión estaría en llamas hasta el último cabello, si me permitiera amar la obsesión personificaría mis huesos, si la paz se encontrara en el ruido estaría yo en la deriva del espacio ansiándolo, si los cuerpos imposibles nunca hubiesen sido vistos por mis ojos, no sería nadie.
Pero ¿Por qué negarme a esto? Si con dolor contemplo lo imposible y la escarcha que recubre mi cuerpo es indomable, sintiendo cada gota de soledad en cada lágrima del cielo. Si tanto me golpea es porque quiero sentir un poco de su canto incompleto, recreado mi todo en un santo de madera, en una capilla abandonada para así apartarme de la sinceridad de mis necesidades.
Es vergüenza, por cierto, lo que siento cuando las personas me miran, de cerca o de lejos. Vergüenza por mostrar lo que siento y lo que no. Todos son perfectos en sus vidas defectuosas, odio los recuerdos de mi altura estando abajo, pero amo mi insignificancia estando arriba, mostrándome como el más pequeño de los grandes para que estos se obliguen a mostrarme que estando arriba uno es grande.
¿Deseo tanto estar arriba? Impuro me siento en esta vida. Dolor al contemplar el tacto entre la gente siento, ya que, ¿Para qué arriba? Si abajo es donde el fruto es alimento y no donde no hay tierra con vida.
En fin, solo quiero ver a la persona que vea todo esto en mis ojos, y que ellos la vean sin las tediosas cadenas de ser la imagen astillada de un santo: Libertad.
(Escrito en conjunto con Felipe Torrents)
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